“Cóooorranle por sus espadas y si no tienen vendan su túnica para comprar una”, urgió más o menos el Maestro a sus discípulos unas horas antes de ser apresado en el huerto cual vil malhechor por los príncipes de los sacerdotes y toda la comitiva de gala anexa. Pero a la hora de los trancazos, cuando alguno de sus seguidores (desconozco si desprovisto de sus vestiduras por el gastazo) se puso más desesperada que valientemente a cortar orejas con su espada, Jesús ordenó que no, que siempre no, que mejor guardaran las espadas.¿En qué quedamos pues? ¿Que las espadas eran nomás pa dar el charolazo o qué? ¿Para no perder la “dignidad de nobles caballeros” cuando los pescaran? ¿Para que les sirvieran a los apóstoles como apoyo para dar zancadas más grandes llegado el momento de salir huyendo despavoridos ¡y desnudos!? ¿Para cazar bestias salvajes en el exilio acaso o para revenderlas en países lejanos y obtener una ganancia por el diferencial cambiario la cual les permitiera sobrevivir?
Doy por descartado que las mentadas espadas fueran para partir el pan en la última cena. Pero el joven presbítero de la misa de 13.30hrs., uno de esos que se desviven por posar de muy chistositos ante la comunidad, decidió que la homilía era el momento ideal para platicarnos sus experiencias recién vividas en Haití antes que desconfundir a sus confundidos feligreses.
“Fíjense hermanos, allá todos ayudábamos sin condiciones, sin importar qué religión profesábamos o de qué congregación éramos… No es cierto eso de que allá son unos salvajes, eso que vemos en la televisión del saqueo de mercancías, no, no, no; la terrible situación que viven los une para apoyarse unos a otros, para solidarizarse… Y vaya, hermanos, qué gesto tan humano ese del presidente Sarkozy de perdonarles la deuda externa a los pobrecitos haitianos que, como ustedes saben, son los más pobres de toda América. Los gobernantes de los demás países desarrollados deberían aprender del francés, deberían solidarizarse, deberían dejarse llenar de la presencia de Dios en sus corazones y hacer lo propio, y no nada más con ese pobre país, sino con todos los subdesarrollados, quienes son a menudo oprimidos hasta por organismos financieros internacionales a los que les tiene sin cuidado la miseria humana…”
Nótese cómo el speech nos fue llevando desde la más elemental caridad cristiana, pasando por la negación de la realidad, hasta una cátedra de economía política con tema selecto y toda la cosa. Lo de las espadas no lo entendí, pero el mensaje del sermón dominical sí: (1) En la necesidad no importa si somos protestantes, católicos, vuduistas o maradonianos; ni dominicos, carmelitas descalzos, diocesanos o damas custodias de la llama de la vela perpetua; (2) lo que todos vimos en las noticias de personas matándose a golpes por robarle un televisor a otro que previamente se lo había robado de la tienda en el reino absoluto de la impunidad no es cierto, seguramente fue fabricado en un set por la televisora a pedido del diablo encarnado, claro, en el Imperio; y (3) el señor Sarkozy o es el fiel reflejo de Dios Amor en la tierra o es un tipo archimultimillonario que puede pagar la deuda externa con lo que tiene en su bolsillo.
Hasta ahí su divagación y sus chocoaventuras en Haití. Por un momento pensé que ahí terminaría la hinchazón romántica del padrecito, pero me equivoqué…
“Ahora, hermanos, haremos nuestra profesión de fe de la siguiente manera: Yo digo Creo en Dios que es solidaridad y todos lo repetimos al unísono. Y así cada quien.”
Y sí, efectivamente, así, el acto de la profesión de fe, tan solemne como al menos yo lo conocía, se transformó en un mar de ridículas ocurrencias, una auténtica romería de gente gritando lo que se le viniera en gana que fuera Dios y de gente repitiéndolo a lo tarugo, desde el Creo en Dios que es amor y verdad hasta un Creo en Dios que es revolucionario, pasando por un Creo en Dios que es el dios del empleo. Neta, nomás faltó el Creo en Dios Espíritu Santo que es una palomita blanca con ramita de olivo en el pico y que aparece cuando sale el arcoiris y el Creo en la Iglesia que es una casotota de piedra con puertas muy muy altas para que pueda pasar el Altísimo. Vaya, a poco estuvimos de repetir que Dios es un viejito con barba blanca, que vive en una nube pisando serpientes y que manda al hijo obediente a que se lo escabechen de su parte.
Sí, yo también estaba aterrorizada, a punto de vomitar sobre todo con eso del dios maoísta. Hasta que no supe cómo esa batahola derivó, gracias al verdadero Dios, en peticiones al Señor.
¡NO Y MIL VECES NO SEÑOR CURA! Con todo respeto, los católicos repetimos el Credo cada domingo para declarar públicamente que efectivamente creemos en la religión en la que fuimos bautizados; religión que, como todas, no es una creencia a modo ni a gusto. Y es la misma para los que vamos a misa de una y media que para los que van en la noche con el padre galleta que para los que van a la mismísima Basílica de San Pedro o la Catedral de San Marcos. A la Iglesia le ha tomado muchos siglos, a través de muchos y muy duros consensos ecuménicos, por medio de personas muy instruidas, entre santos, sabios y doctores, ponerse de acuerdo en lo que creemos acerca de Dios y de la misión de la Iglesia en la Tierra, como para que ahora usted, de regreso de su aventura motivacional en el Haití, inyectado hasta el tuétano de propaganda izquierdista, nos proponga que la escasez no existe, que los noticieros son producidos por Lucifer en persona y que Dios es lo que creamos cada quién, Amén.
Grrrr! Sí, todavía me sale humo… (respiro).
Bueno ya, (otro respiro) suficiente con el padrecito. Por fortuna los corajes de la misa de 13.30 los he podido controlar tras haber suspendido el aguacate y, sobre todo, desde que supe la celestial noticia de que se nos deja venir Pablo (y no el de Tarso). Corro pues a comprar las entradas al precio que sea, aunque tenga que vender o empeñar mis ropajes, en tanto que alguien me explica el revoltijo ese de las espadas.
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