Me extrañó ver que en la iglesia había mucho más gente que lo habitual, además había una hilera de personas que dejaba libre el pasillo central. Un joven vestido de traje me informó que ese día a esa hora se celebraba la misa de cuerpo presente del P. José Luis Parra Puerto, quien había sido asesinado la noche del miércoles de ceniza de un balazo en la cabeza abordo de su auto en la Ciudad de México.
Me impactó y entristeció mucho la noticia, pues le escuché misa varias veces en los últimos meses en ese preciso lugar; de hecho recién lo había visto en acción en el confesionario durante la misa de ese mismo miércoles. Y me caía bien.
Me impactó y entristeció mucho la noticia, pues le escuché misa varias veces en los últimos meses en ese preciso lugar; de hecho recién lo había visto en acción en el confesionario durante la misa de ese mismo miércoles. Y me caía bien.
De repente mis pensamientos acerca de quien fuera el Vicario y presbítero encargado de la Pastoral en aquella parroquia, se vieron interrumpidos por la llegada del cortejo fúnebre, presidido por el mismísimo Obispo y varios sacerdotes de la diócesis. Entre el desfile figuraban personas extrañamente vestidas, desde largos hábitos de color llamativo y capucha hasta hombres con botas, capa, casco y espada.
Vaya, que me sentía yo como muggle embobado ante una pasarela de mortífagos encapuchados. Me impresioné tanto -en ese aspecto soy muy facilote- que hasta pensé que venían de una logia masónica o algo así oscuro por el estilo. Pero el mismo joven me explicó que eran los Caballeros de Colón (KofC, por sus siglas en inglés), Orden a la que pertenecía el difunto padre.
Confieso que hasta ese momento yo no tenía idea de que existiese tal congregación, de la que el Padre José Luis era nada más y nada menos que “Capellán”.
De regreso a la oficina, (además de entregarme al trabajo fecundo y creador, desde luego) me di a la tarea de buscar en Internet algo sobre los mentados caballeros, de quienes encontré que fueron creados por un sacerdote gringo en el siglo XIX con el fin de defender a la Iglesia de la arremetida protestante y la masonería, todo bajo los “principios de caridad, unidad, fraternidad y patriotismo”.
Todo está muy bien (excepto, para mi gusto, eso de “patriotismo”) hasta que uno empieza a averiguar un poco más, digamos sobre su estructura, la cual a veces parece estar entintada con matices ¡masónicos!: desde escalafones de grado, ceremonias místicas, invocaciones a diversos personajes, promesas oscuras, secretos ultra secretos que sólo son revelados a los más altos grados y tantas más curiosidades que uno quiera encontrar. Según esto, para la Iglesia esta orden de laicos es su “fuerte brazo derecho” en referencia al apoyo que le brinda y a su “filantropía”. Para el resto de quienes algo saben, la orden va desde estar conformada por inofensivos jóvenes entusiastas y viejitos gustosos de disfrazarse, hasta poderosos masones infiltrados en la más alta jerarquía eclesiástica. A veces el “nunca antes revelado” Juramento Secreto de los Caballeros de Colón resulta una bobada romántica, otras una decisiva declaración de guerra a la masonería y los protestantes a costa incluso de la vida de uno mismo, otras muchas la asumsión de un código de conducta que va desde ser caritativo y fraterno con la comunidad hasta de infiltrar personal espía en los negocios y las familias de los no-católicos como estrategia de lucha contra el enemigo, y otras veces más de proclamar abjuraciones cristianas al tiempo que se injieren pociones mágicas.
Vaya usted a saber cuál es la verdad. En lo que casi todo mundo concuerda es en que se trata de una congregación con secretos. Y eso, junto con lo de patriótica, a mí no me late mucho. En lo personal, no creo que gocen de tanto poder en la Iglesia –en términos globales-; no tanto a comparación de los clásicos no secretos como el Opus o los Legionarios.
En México, según un conocido periódico ¡anticlerical! –de esos mismos periódicos que leen los curitas llenos de buenas intenciones políticas- los Caballeros se autoproclaman ya la “Guardia Personal” del Arzobispo Rivera Carrera. En serio, pues, ¡como la escolta del Emperador Palpatine!, dispuestos a empuñar el sable de luz en su defensa ante cualquier ancianita que se le ocurra entrar a Catedral en plena homilía gritando que Dios la envía a salvar al mundo. Ahora que lo pienso, mire usted, a lo mejor no la entendimos bien y sí… qué tal si de veras era una enviada del Todopoderoso para salvarnos, ¡pero de los desatinos -que son más que los tinos- del Cardenal!
En fin, q.e.p.d. Padre José Luis.

No sé nada de los mentados caballeros. Pero sí sé que tengo al Excelentísimo Señor Arzobispo Doctor Norberto Cardenal Rivera Carrera (así es como se llama correctamente; el título de Cardenal pasa a formar parte del nombre) atravesado por completo en el hígado, sobre todo cuando le da por predicar en terrenos ajenos a la salvación de las almas. Como si el flamante título de “Arzobispo” le confiriera por gracia divina autoridad en toda materia y antimateria, social o científica. Según entiendo un arzobispo ni siquiera tiene más poder o autoridad sobre cualquier otro obispo común y corriente, ni el Espíritu Santo le asiste cada vez que abre la boca. La verdad es que un arzobispo es un “obispo con pedigree” y nada más.
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